Miles de pasados
Nombre: Miles de pasados.
Fandom: Original.
Un dia les cuenta que fue muy rico y que vivió en la mansión más lujosa del mundo, ése día, es el millonarios y todos sus compañeros lo escuchan poseídos por aquellas palabras que el recita. Todos los miran con admiración.
Otro día, es el que tuvo una amada muy hermosa cuando joven, y entonces les cuenta que era la más bella, la más dulce y la más codiciada, pero que era sólo suya. La describe con gran precisión y todos los hombres se acercan para escucharle. Lo miran poseídos, como si hubiera sido el gran cassanova cuando era joven.
Otro día, al siguiente, tal vez, les cuenta que en su vida, cometió muchos errores, como el de abandonar a su novia embarazada, que le gustaría saber como está su hijo o hija (porque nunca supo el sexo), dice que la dejo para no manchar su nombre, pero que se arrepiente, porque la amaba de verdad.
Uno de esos días, entonces, les cuenta que fue muy pobre cuando niño y todos forman un círculo en torno a él para lamentarse de sus desgracias. Les cuenta que era muy pobre y que tenía que trabajar para ganarse el poco sustento que llegaba a su casa, puesto que su padre era alcohólico y todo el dinero se iba en la bebida.
Otro día les cuenta que en su adolescencia, se hizo drogadicto y huyó de su casa por que allí lo maltrataban. Les contó que se había gastado todo su dinero en drogas, pero que el final se había rehabilitado.
Y así, con sus miles de historias y pasados, vivía la vida.
Para no acordarse que era un viejo con alz himmer abandonado en un asilo, un viejo que en su juventud, no había hecho nada relevante.
14:31 | Etiquetas: Crítica Social, Drabble, Original | 2 Comments
Ni veintiañera...
Nombre: Ni veintiañera...
Fandom: Original.
Cuando descubrió lo que llevaba en su vientre, quiso abortar. Quiso arrepentirse de todo lo que había hecho hasta entonces y quiso que su novio la apoyara. Se repitió una y otra vez que él no sería capaz de dejarla tirada nunca, y la apoyaría cuando le contase lo que le pasaba.
Pero se equivocaba terriblemente con su novio. Le dijo que el problema era sólo suyo y que, si ella no se había cuidado, allá ella... Y después argumentó que a la mejor el bebé no era de él, con lo fácil que le había salido. Ella quiso echarse a llorar allí mismo, pero fue fuerte y se lo guardo para sí.
Entonces pensó en sus padres, ellos sí que no la rechazarían, aceptarían lo que le había pasado. Claro que, se equivocaba también. Ella quería abortar y ellos no la dejaron. Argumentaron que iba contra sus principios y que ella tendría al hijo, quisiese o no, porque ella había sido la irresponsable.
Entonces, se resignó a quedar embarazada y a tener un hijo.
Pero eso no era todo, se resignó a no volver a la escuela y a dejar su carrera inconclusa. Renunciar a todo para poder tener un hijo. Un hijoq ue no había deseado.
A los diecinueve, con un niño.
Sin trabajo y sin estudios.
Acabo limpiando oficinas, porque no la querían en nada más, por sus estudios inconclusos. Con un niño, sin dinero y un sueldo que no alcanzaba.
Y algún día llegó a pensar, que hubiera sido una suerte, terminar su carrera, prepararse, y no tener a su niño a tan temprana edad. Ni veinteañera y con un niño, cosas que se ven a diario.
14:28 | Etiquetas: Crítica Social, Drabble, Original | 1 Comments
Amar demasiado
Nombre: Amar Demasiado.
Fandom: Original.
Un día la descubrió sentada en las escaleras de la entrada, con su cabello completamente chino y negro ondeando al viento, con su larga falda y una camiseta de tirantes blanca. Con sus libros en el pecho. Sólo tenía dieciséis años, pero sentía todo con demasiada intensidad, y esa sería su perdición.
En dos semanas la enamoró, mostrándole un mundo que ella no conocía, diciéndole que siempre le iría bien a su lado. Y ella sonreía tanto, que esos ojos completamente negros sonreían también. Y le creía.
Dos años para enamorarse. En dos años, estaban casados.
Sólo dieciocho años ella y ya eran marido y mujer. Ella no podría haber sonreído más el día de su boda. Una niña, jugando al matrimonio, con un muchacho de veinte. Todo fue bien en principio.
Pero un día se enojó con ella.
Al siguiente la reprendió por todo lo que hacía mal.
Dos semanas después la había golpeado y ella tenía dos morados en los brazos y el labio hinchado por la bofetada que le había pegado. Pero aún le sonreía cuando llegaba y le servía la cena.
La siguió golpeando cada que le apetecía, sometiéndola completamente a su yugo. Y ella no dejaba de quererlo, por más que él se mostrará cruel con ella.
Al final, la mató un día, por accidente, pero al final la mató.
Y ella no dejó de quererlo con intensidad nunca. Ésa fue su perdición.
14:27 | Etiquetas: Crítica Social, Drabble, Original | 0 Comments
A traición...
Nombre: A traición...
Fandom: Original.
Un día fueron los mejores amigos. Al siguiente los rivales.El que siguió los enemigos. Como cambiaban los papeles con el paso del tiempo. Y un día, todo se acabó porque sí. Porque así eran las cosas.
Porque no era raro ver fraudes, ni era raro ver traiciones.
Era cosa de todos los días, como cosas de niños, como cotidianos, cosas que pasaban siempre y todos hacían las cabezas hacia otra parte. A todos les daba igual, porque nada más iban a salvar su pellejo.
Un día fueron los mejores amigos, y al día siguiente, los enemigos más fuertes.
Y una denuncia a la espalda ¿y quién lo noto?
Nunca nadie dijo que era inocente, nunca nadie mencionó que el denunciante había sido su mejor amigo, nunca nadie notó que no había pruebas. Nunca nadie se arevió a decir que lo que le hizo, se lo hizo a traición.
Una puñalada en la espalda.
14:24 | Etiquetas: Crítica Social, Drabble, Original | 0 Comments
Al borde del Abismo
Nombre: Al borde del Abismo.
Fandom: Original.
Sonó el despertador. Nadia intentó alcanzarlo con la mano, para apagarlo, pero no lo logró y, finalmente, se levantó. Se sentía mal, terriblemente mal. Sentía que la cabeza le iba a explotar de un momento a otro, y si no hubiera sabido que era, habría corrido al hospital. Cuando se miró en el espejo vio que ni siquiera se había quitado la ropa de la noche anterior al tumbarse en la cama y que tenía el pelo todo revuelto. Las orejas parecían de todo un mes. Su estado era decididamente deplorable. Además se sentía mareada, muy mareada. ¿Cómo había llegado a casa? Ah, sí, Andrew la había llevado… ¿o había sido Roland?
Ya no lo recordaba demasiado bien, y en cierta forma, ni siquiera le importaba.
La fiesta de la noche anterior había estado bien, vaya que había estado bien, pero el hígado de Nadia estaba resentido por todo el alcohol que la muchacha había ingerido. Nadia se sentía mejor cuando bebía, que estando sobria. Tal vez se debía a que su vida era una auténtica mierda, tal como solía decirlo ella.
El cuarto en el que vivía estaba totalmente revuelto y había ropa por todas partes, sucia. La cama llevaba alrededor de una semana deshecha y había platos de comida por todas partes. Algunos ni siquiera estaba terminados, pero a Nadia le había dado bastante pereza bajarlos con la portera, que llevaba varios días haciéndole de comer.
Sí, eso era, su vida era una porquería.
No tenía pasta y debía la renta desde que había llegado a vivir allí. Cuatro meses… o cinco. Ya ni siquiera lo recordaba. Sabía que su estado era cada vez más deplorable y que los cigarros, uno tras otro, ayudaban. Menos las aspirinas, que Nadia usaba para el frecuente dolor de cabeza que tenía; se tomaba incluso seis o más al día. Y después el alcohol.
Estaba segura que ni con su mejor cara podría volver a la cafetería en la que trabajaba, porque llevaba una semana ausente, y jamás había avisado. Una semana llena de fiestas, crudas, borracheras y chicos. Para Nadia, era el cielo, porque su apestosa vida tenía algo de sentido. Aunque fuera sentido para imaginarse flotando por allí; punto. Últimamente el espejo le devolvía la imagen de una desconocida.
Llamaron entonces a la puerta y Nadia, después de arreglarse un poco el cabello se apresuró a abrir. Era su portera, siempre amable, que estaba dispuesta a perdonarle la renta cuantos meses fuera necesario. No se la perdonaría si supiera que el poco dinero que Nadia ganaba se iba para pagar alcohol y droga, además de cigarrillos. Pero no, la portera no sabía nada de eso.
—Cariño, ten el desayuno —le dijo la mujer y Nadie lo tomó torpemente, sin valor para rechazarlo. Pensó que tal vez serviría para el perro que tenía la chica de al lado.
—Gracias —dijo apresuradamente y cerró la puerta para que la mujer no se molestara en preguntar por su estado.
Dejó el plato por allí y salió al balcón. Era su lugar favorito, por eso había elegido aquella residencia, en lugar de una mucho más barata que estaba justo enfrente. Desde allí podía ver a toda la gente. Solía pasar allí mucho tiempo. Encendió el primer cigarrillo de la mañana y mientras se lo fumaba se quedó allí, pensando.
Nadia detestaba pensar.
Se daba cuenta de que nadie quería una chica inútil incapaz de valerse por sí misma. En primer lugar había ido la ciudad para estudiar la universidad. Lo había hecho, al menos dos años. Pero poco después había conocido el alcohol, las fiestas y las drogas. Había dejado de ir a la universidad una mañana. Poco después dejo de trabajar y la corrieron de la residencia en la que vivía por aquel entonces.
Sus padres no sabían nada de aquello. Mejor que no lo supieran jamás.
Y a cada día que pasaba, acariciaba más la posibilidad de marcharse lejos, sin avisarle a nadie. Aquella noche había visto debajo de la almohada, donde guardaba su dinero, y había descubierto que había más que suficiente para un billete de tercera clase en tren. Pero entonces habían llegado Andrew y Roland con el anzuelo de que había una fiesta y ella había tomado todo el dinero que tenía para conseguir un poco de marihuana tal vez. O si quiera unas botellas de alcohol extra.
Y la perspectiva del viaje se había esfumado.
De nuevo.
Pero desde allí, desde donde estaba, la vida no parecía tan desgraciada.
Porque ella no era la protagonista.
Se dijo que tal vez si tuviera un par de alas, podría salir volando y no volver jamás allí. Pero no, no tenía alas… aunque, ¿qué más daba intentarlo? Se encaramó al balcón y entonces, sin mirar atrás y sin mirar abajo, saltó, aun con el cigarrillo en la mano.
Lo último que pensó Nadia, con una mueca de felicidad en el rostro, fue que si su vida era una reverenda mierda… ¿qué más daba seguir viviéndola?
14:22 | Etiquetas: Cuento, Original | 0 Comments
Gran Amor
Nombre: Gran Amor.
Fandom: Original.
Claim: SoledadxJack.
Nuestra historia comenzó una tarde de marzo en las calles de Madrid, yo por ese entonces tenía diecisiete años y era una adolescente desgarbada de cabello rojo fuego y ojos esmeralda. Alocada, sacaba el mayor provecho a mis largas piernas y a mi cabello alborotado. Me encantaba voltear el mundo y zarandearlo a mi antojo, podía voltear todo de cabeza y regresarlo a su estado normal, si es que me convenía.
Estudiaba periodismo gracias a una beca que me habían concedido, y compartía un piso con dos muchachas alemanas a las que casi no veía, pues eran mayores que yo, además mi alemán es inexistente y en casa siempre hablaban su lengua materna. Nunca me entere de nada acerca de ellas, salvo que se llamaban Svenia y Anika, y no les gustaba mucho que digamos
El primer encuentro no fue para nada romántico, más bien fue un engorro total, pero sirvió para encontrarló. Yo trastabillé y choqué contra él cuando caminaba por las abarrotadas calles del centro de Madrid. Intenté murmurar un 'lo siento', pero mi cerebro se paró al verle. Era un muchacho alto, de un metro ochenta y cinco, por lo menos, de cabello castaño un poco largo que le cubría la frente con algunos mechones y los ojos azul hielo que me miraban con abierta curiosidad.
—¿Estas bien? —me preguntó.
Yo me limité a asentir, ya que mis labios parecían sellados con cemento.
—Soy Jack, Jack Masen —se presentó y me extendió la mano.
—Soledad D'ascolli —respondí yo al tiempo que le estrechaba la mano-, pero prefiero que me digan Sol. —Mi nombre no me gustaba, no quedaba para nada con mi alocada forma de ser. Yo era una chica extrovertida en extremo, que hablaba hasta por los codos, cosa que hartaba a mis profesores.
Y así, de esa simple forma -un oportuno accidente-, comenzó nuestra amistad. Caminamos por el centro de la ciudad mientras él me contaba su historia. Tenía diecinueve años y era inglés, vivía en Madrid desde que había comenzado la universidad. Deje que acaparara nuestra conversación pues yo no tenía nada interesante que decir, el chico me había dejado aturdida; no os vayáis a pensar que era muy guapo, porque estoy segura de que nadie se habría fijado dos veces en él.
No nos podíamos ver seguido, pues a menudo yo dejaba las tareas para último minuto mientras me dedicaba a inventar reportajes imposibles con los que después mareaba a mis profesores. El estudiaba una Ingeniería, así que los dos teníamos poco tiempo libre.
Y fue la espontaneidad la que trajo al amor.
Ese día estábamos en mi piso, mientras Jack me ayudaba a lavar los trastos. Svenia, una de las chicas alemanas había encontrado la manera de decirme que yo casi no ayudaba con la limpieza, 'te la pasas flojeando, y con quien sabe quien', esas habían sido sus palabras textuales. Había hecho caso omiso de todas sus demás palabras -que me entraban por un oído y me salían por el otro-, menos de esas. Svenia era capaz de echarme a la calle.
Así que allí estábamos, haciendo el quehacer del piso. Sin imaginarnos lo que estaba a punto de ocurrir.
El beso llegó de repente, espontáneamente, cuando me volví para mirarle de frente. Descubrí en sus ojos un brillo que delato su amor por mi. Estábamos hechos el uno para el otro y nada iba a lograr separarnos. Nuestros labios chocaron apenas unos segundos después.
Mi madre, la adinerada signora Isabella D'ascolli, hija de ricos comerciantes italianos, que, por azares del destino, había llegado a España a los dieciocho años y un tío la había dejado embarazada; era madre soltera y afincada en Urt, cerca de Jaca, un pueblito al norte de España, cerca de los Pirineos, no tardó en darse cuenta de que yo estaba enamorada.
—Tienes que presentármelo -insistió cuando yo acabé de contarle toda la historia, después de muchas insistencias por su parte y evasivas por la mía—. ¿Cómo dices que se llama?
—Jack, mamá, es Jack —le dije yo con una sonrisa en los labios, mi madre nunca se acababa de acordar de los nombres de mis amigos.
Las que no se mostraron complacidas fueron mis dos compañeras de piso, decían que yo estaba mas atontada que enamorada y que trabajaba menos todavía, aunque eso a ellas no les interesaba, no me importo que Svenia y Anika, dos hermanas rubias que hacían suspirar a los chicos, se quejaran abiertamente con la persona que tenían enfrente de que yo era una desobligada. Estaban celosas, eso era todo, ella no habían conseguido un chico, a pesar de lo guapas que eran. Les pasaba eso por celosas y controladoras.
Nadie logro separarnos, a pesar de que su madre me tuvo inquina desde que la conocí, cuando Jack me llevo a Oxford con sus padres. Poco después supe que, sus padres habían muerto a manos de un asaltante italiano cerca de allí. Así que todo lo que tuviera que ver con Italia, no le gustaba.
—Mírala —le dijo a su hijo—, es muy joven, y ni siquiera es bonita —alegó—, yo tenía el sueño de que te casaras con una buena muchachita inglesa, no con una italiana. —Cada que se le presentaba la oportunidad hacia referencia hacia mi apellido.
—No es italiana, mamá —cortó su hijo, mientras yo los oía al otro lado de la puerta, pues sus voces se escuchaban hasta el salón—, es española.
Así que esa despedida fue una despedida amarga.
Jack me llevo a conocer media Europa, cuando ambos estábamos de vacaciones me pedía que hiciera las maletas y nos marchábamos, me llevo a Berlín, a París, a Florencia, a Siena y muchas mas ciudades italianas; también fuimos a Rusia, Noruega, y varios países más.
—Te amo —me dijo una vez, cuando estábamos en la piazza veneciana—. ¿Sabes que eres lo más bonito que hay en mi vida? Eres mi luz, Sol, podría decir que eres mi sol privado, que me ilumina por dentro. —Yo sonreí al entender la metáfora de mi nombre-. Eres lo mejor, Sol.
—Y yo a ti, te quiero con toda mi alma ¿Lo sabes verdad? —le contesté yo—, mi vida no es interesante sin ti. Eres quien me hace volar, quien despega mis pies del suelo, quien me ilusiona, con quien vivo intensamente mi vida, con quien… —No me dejo terminar, sus labios chocaron con los míos en ese momento.
Y allí, en la piazza veneciana nos besamos con todo el amor posible. El nuestro era un Gran Amor.
No queda mucho que decir de nuestra larga historia, que acabo felizmente.
No casamos en cuanto yo acabé la universidad, cuando tenía veintidós años, y hemos vivido toda muestra vida juntos, hoy tengo veintisiete años, tengo dos mellizos a los que adoro y a Jack Masen a mi lado. Yo, Sol D'ascolli, nunca soñé con que me iba a topar con el Gran Amor de mi vida.
14:18 | Etiquetas: Cuento, Original | 0 Comments
Dos caras de la misma moneda
Nombre: Dos caras de la misma moneda.
Fandom: Memorias de Idhún.
Claim: KirtashxVictoria.
Tú la tocas, y es ella la que hace que tus sentimientos de desboquen de aquella manera. Es ella la que hace que creas que estás completo por dentro, lo que hace que esa cantidad de sentimientos se desboquen.
Le acaricias el pelo, tan largo, tan sedoso, y ella sonríe y te besa, porque eres todo lo que tiene en ese momento.
oOo
—Te extraño tanto cuando no estás… —dijo ella, abrazándolo— y no sé cuando volverás. Es como esperarte eternamente para poder pasar unos pocos momentos contigo.
—Yo también te extraño, es como si hubiera dejado una mitad de mí contigo. —Y sonrió, correspondiendo tardíamente a su abrazo.
A veces, desean estar juntos toda la vida, pero no pueden. Porque los prejuicios y sus condiciones se los impiden. Se aman, pero no pueden estar juntos. Son distintos, son complementarios. Las dos caras de la misma moneda.
Ella peinó su cabello castaño hacia atrás y sonrió con el resultado; Kirtash, en cambio, agito la cabeza para que el flequillo volviera a caer sobre sus ojos azules y sonrió —con esas sonrisas torcidas suyas—.
—A veces, cuando no estás, siento que algo falta aquí —murmuró ella, agarrando un bucle de su propia cabello—, siento que algo falta en mi vida. Como si mi corazón estuviera contigo, como si una parte de mi alma se hubiera ido junto a ti.
Kirtash la atrajo hacia él. No le gustaba encontrarla así, pero a menudo Victoria estaba taciturna, pensando en él. Y Kirtash sabía que le rompía el corazón cada que se iba de nuevo. En el fondo, le dolía, en el fondo.
oOo
Temes que se quede completamente sola en el mundo.
Temes que tal vez te extrañe demasiado.
Temes muchas cosas, pero le ocultas todas, por no preocuparla más. La amas, y no dejarás que le pase en ningún momento. No serías capaz de ver que le haces daño, pero lo soportas, soportas que te añore. Le rompes el corazón y no sabes que hacer para recomponer el poco dolor que le causas.
Ella sonríe débilmente y tú, por enésima vez, te preguntas que es lo que hace que la veas de esa manera, que la ames tanto. Entonces, sus ojos te responden: tan luminosos, tan bellos. Es imposible no amar unos ojos así.
Y cuando tú la besas por última vez y ella cierra los ojos, cuando tu murmuras en su oído:
—Adiós, criatura.
Entonces, ella tiembla, pensando en el dolor que le causa el añorarte tanto. ¡Cómo desearías poder quedarte un tiempo junto a ella!, pero si lo haces será más difícil marcharte. La amas, aunque sea tu opuesto.
Y cuando ves sus ojos por última vez, antes de dar media vuelta y marcharte, con el corazón oprimido, sus ojos están más luminosos que antes, están más bellos que nunca.
14:10 | Etiquetas: Amor, Kirtash, Kirtash/Victoria, Memorias de Idhún | 0 Comments
Quiero quererte
Título: Quiero quererte.
Déjame sentirte.
Déjame oír que me quieres y déjame decirte «te amo». Deja que yo sea tuya y déjame ser tu dueña. Ámame cada días más y susúrrame que me quieres. Susúrrame al oído que me amas y deja que yo te exprese lo mucho que te adoro. Bésame y abrázame que aquí estoy, que soy tuya.
Poco me puede dar la vida que no me hayas dado tú. Poco me puede decir la gente que no me hayas dicho tú. Poco me puede dar otro que no me hayas dado tú. Mi corazón dejaría de latir junto al tuyo, mi amor no se extinguirá jamás.
Quiero sentir tu piel bajo la mía, quiero sentirte completo. Quiero que me ames y que me digas al oído que me amas. Quiero ser tuya y quiero que tú seas mío. Quiero tocarte las mejillas, quiero sentir el calor de tu pecho y los latidos de tu corazón.
Quiero quererte. Quiero sentir tus labios sobre los míos.
15:35 | Etiquetas: Amor, Original, Tablas | 4 Comments
Hamartofobia
—Perdoname —le rezas, le pides. Le pides Clemencia porque sabes que cometiste un error. ¡Un pecado!, ¡qué horror! No… tú… no… puedes… cometer un… pecado. Es-malo, te dices. Y tienes que castigarte por eso, porque… un pecado… es imposible que tú seas tan mala. No puedes cometer un pecado. Es malo hacerlo. Malo. Malo. Malo.
Nunca quisiste ser mala, lo sabes, pero… es que tienes tanto miedo de ser mala, de cometer un pecado, de que él —Dios—pueda enfurecerse y no te acepte en el paraíso. Quieres ser buena chica y nunca ser mala. No, no serás mala, le vuelves a prometes y le pides que te escuche; te tiene que escuchar, porque él es misericordioso y… tú tienes que dejar de ser mala.
Pero… hay algo extraño. No te enfureces si eres mala… más bien, tienes miedo de cometer un pecado y no quieres saber nada de eso. Cometer uno… hace que te entren los escalofríos. Y eso es lo que habías cometido… una grande. ¿Cómo…? ¿Cómo podías? Si él ni siquiera era bonito… Lo conociste en la iglesia. Eres joven, pero te has entregado a Dios para toda la vida, y él… ¿qué hacía allí? Ya no lo consideras de los tuyos.
Había algo en él que hacía que te acercaras, que le preguntaras. Era como si él fuera la persona más maravillosa de de Tierra…; ¡pero no!, la más maravillosa es el Señor, y punto. Tú le hacías preguntas y el las respondía como si lo supiera todo. Era como una luz para ti y… te enamoraste. ¡¿Cómo pudiste?!, te gritaste a ti misma, pero no funcionó.
Eres joven y… lo hiciste. Hiciste lo peor. Te mereces el castigo eterno por haber dejado atrás tu castidad. No… no puedes creerlo. Por eso, le pides clemencia, pero no sabes si la tiene. Hiciste lo más malo que podías haber hecho en tu vida. Y lo llevaste al límite, que es lo peor. Por eso, tienes miedo de cometer otro más. Miedo.
Sólo miedo.
17:40 | Etiquetas: Fobias, Miedos, Original, Tablas | 0 Comments
Epistemofobia
Suplicas, casi imploras en tu mente que no te den el primer premio a ti, porque si no ellos te volverán a llamar de esa manera tan desagradable que no soportas. Sabes que serías capaz de arrodillarte frente a la directora para que se olvidara de mencionarte, porque no quieres pasar malos ratos; pero sabes que no tienes de otra que recibir el premio al mejor promedio del año.
—¡Y el primer premio es para…! —exclama, pero cuando dice el nombre tu ya no escuchas porque te tapaste los oídos para no oír la evidencia de que ese eres tú. Pero no quieres ver nada y serias capaz de taparte los ojos con tal de no ver lo que va a suceder a continuación—. Pase por su premio, por favor. —Y tú ya no tienes más remedio y le levantas de donde estás para ir hacia allí, pero no puedes ignorara el coro de voces que —burlonas e irónicas— se alzan tras de ti.
—Nerd —oyes primero y te encoges porque sabes que la función esta a punto de empezar, casi te tapas los oídos, pero sabes que se vería en extremo ridículo—. Matadito —es la ofensa que sigue y tu angustia crece por momentos porque sabes que hagas lo que hagas, no te dejaran de ofender—. No piensa más que en letras —lo que sigue, pero tú sabes que no es verdad, pero ellos no lo entienden porque son raros o no te entienden y tú tiendes a aislarte.
Sigues caminando hasta la directora en actitud de aparente calma, pero sabes que están a punto de brotar de tus ojos y por eso te sientes débil. Pero —en tu corazón, en el fondo— no sabes lo que sientes exactamente respecto a ellos, que no pierden oportunidad alguna de molestarte y dejarte en ridículo.
¿Tienes miedo? La respuesta es «de ellos no». Pero sí hay algo de lo que tienes miedo y no quieres reconocerlo, por duro que sea. Tienes miedo de todos los conocimientos que has adquirido en los últimos tiempos porque como una certeza que viene y va, hay un pensamiento que no te deja en paz en ningún momento: tienes miedo del conocimiento.
Porque fue el culpable de la desgracia.
09:13 | Etiquetas: Fobias, Miedos, Original, Tablas | 0 Comments
Hagiofobia
La iglesia es bonita, no lo niegas. Del siglo XV, como escuchaste decir a la simpática guía de la exposición. La iglesia —no hay otra palabra para describirla— es soberbia. Hermosa… hasta que los distingues allí. Arriba, formando un ejército totalmente ordenado, pero sin uniformes militares, sino túnicas largas de todos colores y cara de sufrimiento y conmiseración. Son… rarísimos y tú no puedes dejar de sentir eterno desprecio hacia ellos. ¿Y por qué? Ni idea.
Parece como si te miraran a ti —exactamente— y entonces sus caras ya no son lo que eran: son caras de furia. ¿Y por qué, Dios santo? Nadie lo sabe… más que tú y no lo vas a admitir ni en mil años. Te miran como diciendo: «¡Tras él! ¡Es él! ¡Vayan tras él!» Como si tú fueras el culpable de… ¿de qué?, te preguntas ahora que te paras a pensarlo. No tienen nada de que culparte… pero miras sus caras y te culpar de algo. ¿Cómo es posible? Si tu eres bueno… y… ¿y qué?
Allí están, todos los santos culpándote de algo. Y ese algo tú no lo conoces. Te miran acusándote y diciéndote… ¿qué te dicen? ¡Ah, pero si no los oyes bien! ¿Estás completamente seguros que te culpan a ti? No… no… ¡NO! Entonces —buena pregunta—, ¿por qué les tienes miedo si solo son estatuas inanimadas que son incapaces de dañar a una hormiga? No…, te interrumpes, ¡te están dañando a ti! ¿Cómo? De alguna forma tiene que ser, te contestas a ti mismo. Porque si no, no es tendrías miedo.
Corres, huyes, buscas una salida: no la hay. Estás atrapado con esa multitud de santos que planeas algo contra ti y tú… tienes miedo, un miedo terrible, incomprensible y por el cual te sientes como fuera de la sociedad. El que te marca como loco y a la vez, te hace único. Corres, huyes, buscas una salida a como dé lugar porque no puedes más.
Ignoras completamente los gritos mientras corres y volcas bancas intentando huir. La encargada te grita que no debes dañar; llama a los policías. Tú no haces nada, porque estás ajeno a todo… excepto a los santos que, con sus caras insondables te provocan un terror indescriptible; como si fueran soldados en fila enfrente de ti. Gritos, gente corriendo por todas partes… pero tú sólo ves una cosa.
Los ojos de esos santos, fijos en ti, que hacen que te estremezcas.
09:07 | Etiquetas: Fobias, Miedos, Original, Tablas | 0 Comments
Vacaciones pre-arruinadas
Título: Vacaciones pre-arruinadas.
—¡Tengo una noticia muy especial para ti, Nadia! —empieza mi papá, cuando yo llego al comedor a la hora de la comida tres minutos después de que mi madre me llamó por tercera vez—. ¡Te vas a alegras muchísimo de lo que te voy a decir —continua apenas yo me siento—; siento que casi, casi, vas a flipar en colores —termina, con una sonrisa. Yo dudo de eso, pero bueno, escuchar no me hace mal… aunque a veces da indigestión.
Me senté en la mesa, vi fijamente mi mantel —para que mi padre no viera mi cara cuando dijera lo que iba a decir— y espere a que soltara lo que tenía en la lengua. Primero se acabo su bocado de sopa de verduras, tomó un totopo, pidió algo y después… ¡se acordó que yo estaba escuchándolo! Media hora después…
—Bueno, es que le hablé a tu hermana —dijo y… ¡primera indigestión!, pero de todos modos, seguí escuchándola—, y ella tiene muchas ganas de ir a la casa que tenemos en Querétaro, pero las mismas fechas que nosotros. —Ajá, eso ya no se oye nada (pero nada y créanme que sé lo que digo) bien—. Así que yo le propuse que se viniera con nosotros, —hasta ahí, ningún problema—, y va a traer a Ximena y a Natalia… y como tu otra hermana no tiene vacaciones se va a traer también a René y a Santiago. —Ahora sí me dio el patatús…
¡Ay, virgencita de la macarena!
¡Mis sobrinos!
Explicación: mis sobrinos son las personas más desconsideradas, molestonas, extrañas, mentirosas y extravagantes que conozco. Son como marcianos incomprendidos. Son ¡odiosos!, ¡terribles!, y claro, insoportables por todos los poros de su piel. Son cuatro… los mayores, casi de mi edad; los chiquitos, modelo 2000. A veces me tocaba hacer de niñera, pero tuve que desistir de lo imposibles que son. ¡No pueden estar tres segundos sin romper, batir, trozar! ¡Viven en el caos!
Y los odio.
—Así que como creo que no hay inconveniente… —Sí que lo hay, pero no le hagan caso mientras sigue con su perorata y yo explicó lo que tengo que explicar: Mis sobrinos y yo nos odiamos a muerte y siempre estamos intentando desacreditar a los otros. ¿Cuándo mi loco padre se le ocurrió que podría pasar el verano que la tenía tan bien planeado con mis mayores enemigos a los que no soportó ver ni en una pintura? No lo sé…, definitivamente está loco. Yo vuelvo a oír su voz, pidiendo que todo sea un sueño de mal gusto—: Así que vendrán todos y se la pasarán muy bien juntos —termina, esbozando una sonrisa del tamaño del arco del triunfo…
Yo no estoy feliz. Me van a arruinar mi verano. Así que, aunque tenga que invocara los mil demonios, tengo que deshacerme de ellos. ¿Cómo, cuándo, dónde y por qué surgió la idea de que yo puedo convivir con ellos? ¡Maldita sea!, ¡no lo haré! Odio a mis sobrinos.
10:14 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 1 Comments
Rumbo a la alameda
Título: Rumbo a la alameda.
—¿A dónde lo llevo? —es la pregunta de siempre. Te miran con cara de aburrimiento y esperan tu respuesta. Si no saben, te dicen y tú los tienes que ir guiando. Si está muy lejos, refunfuñan. Si está cerca, se reprochan porque no te pueden cobrar demasiado. Si te ven bonita, te ven con ojos de quitarte toda la ropa. Siempre hay algo con esos tipos. Nunca te toca el mismo, pero a la vez todos son exactamente iguales y tienen los mismos raros y extraños pensamientos sobre ti.
—A la alameda, por favor —respondí esa vez y sonreí como si la vida se me fuera en llegar a ese lugar. Y es que se me iba la vida en llegar a ese lugar. Era un día de los más especial y… tenía que ir a la alameda hubiera o no huracán, me importaban un bledo los desastres, los robos. Yo tenía que llegar a como diera lugar.
El taxista sonrió como si adivinara mis pensamientos y sí: allá vamos. Yo sonreía como niña buena y el taxista sonreía viéndome por el espejo retrovisor, como si adivinará que yo iba a la mejor cita de mi vida; no lo sabía, pero algo intuía por mi manera de sonreír. ¿A cuántas muchachas rumbo su mejor cita había visto? A muchas, para eso había que ser taxista. Veías a un montón de gente distinta todos los días. Seguramente era gente interesante.
Enfilamos una calle y, mi mejor cita estaba en camino. Había quedado con José en la alameda. La historia era larga. Nos habíamos conocido en las clases y… bueno, él me había estado persiguiendo mucho tiempo hasta que lo conocí mejor y «esa cita» era algo así como nuestra primera cita. A mí me hacia muchísima ilusión.
Cuando salimos a la avenida principal había mucho tráfico, pero la cosa aun no se paraba completamente. Seguimos así un tiempito y entonces se paró todo. Faltaban cinco minutos para las cuatro: no llegaría temprano a la alameda. Estábamos en el carril izquierdo y el taxista torció por la esquina en la que estábamos parados, seguramente buscando un atajo para llegar más pronto al lugar. Yo me comía las uñas en el asiento trasero y mis locas ocurrencias decían que parecía hacer una conspiración en mi contra por mi mala suerte; pero era obvio que eso no era verdad.
El tipo se quejaba del tráfico hablando solo. Yo no lo prestaba atención; me bastaba y sobraba con mis problema. Llegaría tarde: yo, la viva imagen de la puntualidad. Me estaba preocupando, porque temía que a José yo ya no le interesase. Mientras el taxista daba vueltas y vueltas y se volvía a topar con autos parados. Y no dejaba de dar vueltas.
—¡Híjole, señorita! —dijo, con cara de apenado y una sonrisa traviesa en los labios—, hay demasiado tráfico, y si me sigo por la avenida que da hasta allá no creo que llegue ni en una hora, ¿usted qué dice?, ¿por allá?
Nada real.
11:12 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 1 Comments
Apeirofobia
—Anda ve —te dio ella— no ye pasará nada; el camino es corto —y tú, con una mirada nerviosa y pasos vacilantes te internaste entre los árboles confiando en que pronto volverías a salir. No tenías tanto miedo pero poco a poco, paso tras paso fuiste perdiendo de vista el principio sin hallar un final. Árboles, árboles y árboles; no te rodea nada más. No puedes ver más allá del próximo árbol o de la próxima piedra. Y caminas y caminas sin encontrar el camino correcto.
No sabes lo que pasa y llevas ya horas andando y no sabes en donde estas. Sabes que si decides volver tardarás las mismas horas que has tardado en llegar hasta aquí y no valdrá la pena. Pero… tienes que saber… No, no tienes que saber nada, decides con determinación; pero los pensamientos —vacilantes y en susurros— empiezan a hablar dentro de tu cabecita y no puedes más que preguntarte donde esta ella. Por que en alguna parte tiene que estar, ¿no?
—¿Mamá? —preguntas, con tu vocecita chillona e infantil esperando oír una respuesta a tu pregunta; no la recibes y vuelvas a insistir—: ¿Mamá? —y otra vez la respuesta no se deja ver. Entonces pierdes la paciencia y te armas de valor—. ¿Mamá? —repites, un poco más fuerte, preguntándote si por los susurros no te oyó; pero no te contesta de nuevo y te empiezas a preocupar; una madre tan cariñosa como ella no abandonaría a su hija a la suerte—. ¡¿Mamá?! —gritas está vez, con voz más desesperada; no hay respuesta y vuelves a la carga—: ¡¡¿Mamá?!! —vuelves a gritar con todas tus fuerzas, pero nadie contesta.
Las lágrimas comienzan a asomarse por tus ojitos, preguntándote si te abandono, y si lo hizo ¿es que no te quería? Entonces tomas una decisión: regresarás cueste lo que cueste con ella. Das media vuelta y empiezas a correr atropelladamente; te caes un par de veces y te raspas las rodillas, pero no te importa, porque tu lo que quieres es verla a ella. Sigues corriendo, paso tras paso, pero nunca vez el final. Vuelves a gritar, pero no es una palabra, sino más bien un grito de soledad, esperando que alguien te oiga.
Nadie hace caso. O mejor dicho, no hay nadie. Corre y corres durante horas en la dirección contraria a la que ibas pero nunca ves un final. Sólo hay árboles y más árboles: altos bajos, gordos, chuecos; pero no hay una salida. El camino parece infinito y a ti te empieza a entrar pavor. Infinito, infinito, nunca sales aunque llevas ya mucho tiempo corriendo la dirección contraria. Nunca sabrás que pasó. Ni volverás a verla.
Porque estás condenada a vagar en lo infinito —acompañada del miedo— por toda la eternidad.
Dementofobia
—¡¡No estoy loco!! —gritaste cuando intentaban hacértelo comprender—. ¡No estoy loco! —sigues gritando, intentado convencerlos de que de verdad no estar loco; pero todos en el fondo, saben la verdad—. ¡No! ¡No puedo estar loco! —¡Qué alaridos pegas intentando hacer que te hagan caso!, no lo harán, y lo sabes. Todo el mundo sabe que oyes voces… que tienes un tornillo zafado, pero tú te niegas a aceptar que algo este mal dentro de ti—. No estoy loco —terminas, en un mumurllo apenas audible, sollozando viendo como la oscuridad se abate sobre ti.
Sabes que nada los hará comprenderte. Sabes que nada hará de ti lo que eras antes de estar encerrado en el agujero en el que estas ahora. Pero diablos, como te niegas a aceptar que estás loco. Antes la muerte que la locura. Todo menos tener algo mal en el cerebro. Prefieres el sufrimiento a oír esas voces que, calladamente, con sonidos queditos, se burlan de ti una y otra vez. Y les respondes, lo sabes, sabes que les gritas pero ellas no se van. Pero antes todo… que la locura.
«¡No puedes hacernos nada!», dice una de tus tantas voces, danzando dentro de ti. Es chillona y molesta. Te tapas los oídos en el acto, pero sabes que eso no funciona, porque ellas están dentro de ti. En lo más profundo de tu corazón, en lo más hondo de tu cerebro; entra dentro de tu cuerpo y poco a poco se va encargando de ti. «¡Eso! —coincide otra vez, con la primera—. ¿Qué puedes hacernos tu, oh, loco de remate? ¡Nada de nada!» Te tapas los oídos con más fuerza, pero sabes que no las callarás jamás.
Todas son chillonas, molestas, burlonas. Ninguna te deja en paz un solo segundo. Parece como si las voces danzasen en tu interior y no quisiesen dejar en paz por ningún momento. Te adoran, pero en el fondo quieren causarte más daño del que ya te han causado. Quieren estar para siempre contigo, aunque tu desees alejarlas.
En el fondo, sabes que le tienes miedo a la locura a la que estas sometido. Tienes miedo de ella por una y simple razón. Sabes que te es difícil, muy difícil aceptarla, pero el fondo es cierto y no debes darle la espalda. Sabes que le tienes miedo a la locura porque es la que te ha llevada hasta donde estas. Es la causa de tu desdicha.
—¡No estoy loco! —gritas, pero sabes que no funciona.
12:06 | Etiquetas: Fobias, Miedos, Original, Tablas | 0 Comments
Pastel de envidia
Título: Pastel de envidia
Los amigos son increíbles, de verdad, pero hay momentos en los que se ponen de insoportables y entonces quieres que se vayan a la porra —o como mínimo que te dejen en pez un tiempito—; la verdad es que siempre son un amor… o casi siempre. A veces tienes ganas de ahorcarlos porque se entrometieron en tus asuntos, después es porque no te hacen caso, al día siguiente es porque están exasperantes. Entonces ellos también se exasperan de tus cambios de opinión. Pero generalmente los amigos son un amor, de verdad. A menos de que sean envidiosos, la cosa no pasa a mayores.
Digamos que los amigos envidiosos son algo que realmente me exaspera y que no tolero. ¡Vamos!, que muchas veces no les cuesta nada convidarte algo. Pero muchos tienen un instinto terriblemente desarrollado de la propiedad privada, ¡no te dejan ni tocar sus cosas! Por supuesto, no he tenido un amigo tan… radical. Pero si de otro tipo. Y basta mi cháchara sobre los amigos, pasemos a la acción.
—Se ve bueno ese pastel —le comentó a Esther cuando estamos las dos sentadas mirando la acción en las escaleras del colegio. Un chico de primero paso corriendo mientras otro lo perseguía, una chica besaba a su novio en un rincón y otra más oye música escondiéndose los audífonos. «Un día común y corriente», pienso y miro al infinito.
—Sí, está bueno —comenta ella, que siempre trae un almuerzo exorbitante mientras yo me tengo que conformar con un sándwich mal hecho de mi madre, o en el peor de los casos, quesadillas frías. Esther come su pastel de elote como si se estuviera comiendo el mundo enterito. Ni que decir que a mí se me antoja—. Mi mamá lo hizo ayer por la noche —continua.
Sacó mi almuerzo de ese día: unas galletas de la tiendo porque me desperté tarde y no hay tiempo de nada más. Ni siquiera me gustan esas galletas. Mi estomago ruge y yo no sé como calmar el hambre. Entonces le echo un vistazo más al pastel de elote de Esther y acabo deduciendo que es demasiado para ella.
—Oye —empiezo, tanteando el terreno—, ¿me regalas un trozo de tu pastel?, me muero de hambre.
No era broma: yo en realidad me estaba muriendo de hambre y miraba mis galletas mediocres y no me daban ganas de comerlas. En cambio, Esther tenía almuerzo de sobra y yo no tenía nada para comer. Qué envidia, pero de todas maneras, no me quejo, ya me acostumbre a verla con sus grandes pasteles, pays, papás fritas y toda clase de comida que no es saludable para nada.
—Lo siento, pero es que yo tampoco traigo nada más para comer —empezó— y, siendo totalmente sincera, yo también me muero de hambre. Será otra vez.
Cuando oigo decir eso a los amigos, de verdad tengo ganas de ahogarlos, ahorcarlos, encerrarlos y hacerles todo tipo de cosas. Sólo en ese tipo de casos odio a mis amigos…
Nada es real, porque no me han tocado amigos de ese tipo, pero sé que existen.
07:57 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 0 Comments
Bufón arruina días.
Título: Bufón arruina días.
Decir que eso fue romántico sería estirar la verdad hasta el máximo. Y es que sólo las primeras frases fueron románticas. Lo recuerdo como si fuera ayer: caminábamos tomados de la mano sin que nos importara el mundo exterior. Y todo iba bien, la verdad. Era algo así como la primera cita y de verdad fue magnífico… hasta ese momento. Estábamos sumergidos en nuestra burbuja cuando él me sonrió y me puso exactamente frente a él. Tenía mis dos manos aferradas y era todo un ángel.
—Te quiero decir algo —me dijo y se sonrojó un poco. Yo tenía alguna idea de lo que me iba a decir. Yo ya sabía que estaba perdidamente enamorada de él y no iba a dejar de quererlo nunca (o eso era lo que mi buena mente pensaba en ese momento). Así que le sonreí infundiéndole ánimos.
—¿Sí? —lo animé. Ya sabía que le costaba exteriorizarse y casi siempre vivía en la misma burbuja a la que sólo podíamos acceder unos cuantos. Pero cuando le conocías, lejos de parecerte cerrado como en un principio, era muy dulce y amable. Siempre se preocupaba por que todo fuera perfecto y era muy detallista. Algo así como el chico de mis sueños.
—Bueno… —y su voz quedo ahogada por un grito colectivo de niños desde los cero a los diez años. Creo que había incluso mayores. El grito no estaba muy bien pintado en esa escena tan romántica así que yo los aborrecí al instante por cortarnos el rollo de esa manera. Pero nos culpables no eran esos pobres indefensos. No, el culpable era otro.
El culpable se puede denominar por la persona embutida en unos pantalones azules que le sentaban de lo más grandes y la cara pintada de blanco con una sonrisa en rojo —que obviamente no tenía en realidad—; creo que debajo de todo el maquillaje y la falsa sonrisa se veía una mueca de hastío. Ese era el culpable de que el rollo se nos hubiera cortado tan abruptamente. Un mugre payaso. Un bufón.
La verdad es que los payasos buenos no se ganan mi desprecio en cinco micras de segundo como aquél. Pero ese de payaso bueno tenía lo que yo de idiota. Me choca los payasos que exigen gritos —o más bien, público— para quedarse. Detesto a los que no hacen reír, sino usan a los niños para hacer reír. Y ese, aparte de usar a la gente y dejarlas en ridículo había provocado que se nos cortara el rollo a Saúl y a mí. Los payasos me importar un pimiento y dos zanahorias. Pero ése era otro problema.
—Bueno… —intentó seguir Saúl, pero se trabó, no encontró las palabras adecuadas. Yo sonreí para darle ánimos pero vi que se le había cortado la inspiración tan pronto como había venido. Una lástima, la verdad. Entonces, le propuse que fuéramos a un lugar más tranquilo y él acepto.
No podía dejar de pensar en el payaso que había arruinado mi día.
15:13 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 0 Comments
Plantón en Insurgentes
Título: Plantón en Insurgentes.
Para mí los políticos son exactamente lo mismo: viejos locos que buscan llegar al poder. Y no es que sean idiotas, es simplemente que les entran tantas ganas de ir a gobernar al mundo que se comen el poder y hacen lo que su regalad gana les dicte. Y generalmente son unos viles mentirosos… o por lo menos fraudulentos. No hay ni uno solito que tengo la conciencia libre; ni una mugre conciencia blanca en todo el mundo. Y mirad que hay muchos políticos intentando llegar al máximo poder todos los días. Todos quieren algo, todos…, y ese algo se llama poder.
Los políticos no sirven para nada. Y no es que sean idiotas, porque la mayoría tiene profesorados, doctorados y todos los posgrados imaginables. El problema llega cuando están sentaditos en la sillita del poder. Quieren comerse el mundo a pedazos y quieren que la gente los alabe y piense que son las más magníficas personas del mundo. Obviamente no son magníficos; ni siquiera son honestos.
Se pongan las guirnaldas que se pongan para mí siempre serán una banda de tramposos fraudulentos.
Íbamos en el carro con mi papá, mi mamá y yo rumbo a casa de mi hermana que quien sabe que mierda quería decirle a mi papá. Nosotros allí de apresurados para las tonterías de mi hermana. No se crean que yo iba de mal humor, simplemente que mi hermana y yo somos como el agua y el aceite. Pero ese no es el punto de lo que estoy contando y punto. El punto son lo detestables que son la banda de politicuchos que resultan electos. Ese fue el problema.
Mi hermana tiene la gran idea —con sarcasmo incluido— de vivir hasta el fin del mundo —mejor conocido como la otra punta de la ciudad—. Y a las cuatro de la tarde el tráfico no es muy agradable por esos lares. Pero por esos tiempos había otro problema: los políticos y sus peleas de niños de tres años. Tratan el poder como si fuera otra pelota («¡Ten la pelota, fulanito!»; «¡Que no se te caiga, sutanito!»; «¡Dame la pelota!, es mía.»)
—No se puede pasar —oí que alguien le decía a mi papá por la ventanilla del coche—. La calle está cerrada tiene que ir a dar un rodeo hasta… —y acto seguido se puso a darle instrucciones para legar a nuestro destino que nos harían perder, a lo sumo, treinta minutos más.
¿Saben por qué no se podía pasar? Por un plantón. ¿Y de que coño era ese plantón? De unos inconformes. ¿Y por qué estaban inconformes? Porque el líder estaba inconforme. ¿Y por qué el líder estaba inconforme? Porque decía que había fraude. ¿Y por qué decía que había fraude? Porque no había sido electo para la presidencia. ¿Y por qué no había sido electo? Porque otro —igual de tarado y estúpido (tal vez más) que él— había ganado el poder. Y claro, tenían problemas.
Los políticos y sus peleas de niños…
Para los que no lo sepan: en 2006, en México, hubo un plantón porque hubo fraude en las elecciones. El candidato que aparentemente había perdido, estaba inconforme y su montón de seguidores (mi hermana mayor incluida) se fueron a plantar en la avenida Insurgentes con todo y tiendas de campaña. Ni que decir que tapaban el paso...
14:02 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 0 Comments
El alucinado tocadiscos
Título: El alucinado tocadiscos.
Los vecinos son realmente inservibles; no importa el lado por donde se vea… jamás sirven de nada. A salvo que tu casa se esté quemando, si no te conocen no mueven ni medio dedo por ti. A veces, eso es frustrante, pero al final uno acaba por acostumbrarse a que los vecinos pidan cosas y más cosas y nunca hagan nada útil. Yo no me quejo. Al menos, no tengo vecinos tan desagradables. Un esquizofrénico que siempre intenta rentar su casa pero al cabo de dos meses vuelve, dos señoras que comparten casa y viven de la greña, dos viejitos octogenarios y tiernos y buenos con una hija con síndrome de Down y una pareja de mujeres que tiene una hija. No me puedo quejar… excepto por el terrible y hartante señor de al lado.
El señor de al lado es un hombre ya grande que tiene la grandiosísima idea de despertarse lo más temprano que se pueda cuando lo único que deseo es que no me molesten en todo el día. Los días de escuela, entre él y yo no hay problema, pero cuando estoy de vacaciones sí que hay problemas. Y no es que me caiga gordo o algo por el estilo, simplemente, alucino su hora de levantarse. Imaginaos lo siguiente:
Yo estoy en la cama, con las cobijas en el suelo, una almohada en los pies y otra en la cabeza, duermo a pata colgante con la luz de la lámpara prendida porque no la apague después de terminar de leer a medianoche. Estoy agotada y son las cinco y media de la madrugada. A menos de que alguien quiera morir, a nadie se le ocurriría despertarme a esa hora (les repito, sólo lo intentan los que quieren arriesgarse a la muerte segura).
Pero el vecino de al lado tienta a sus suerte y yo ya estoy más que harta. Las paredes son terriblemente delgadas y dejan pasar cualquier sonido —desde los tacones de una mujer hasta la máquina de coser trabajando—. Generalmente, eso no causa problemas. Claro, generalmente, porque a mi esas paredes me dejan con terribles malos ratos.
Mi recama corresponde en paralelo a lo que es la sala de mi vecino, donde está el alucinado tocadiscos. Tocadiscos, ¿eh?, ni un equipo de sonido moderno, ni siquiera una grabadora. Un simple y triste tocadiscos. Viejo, por supuesto, aunque nunca lo he visto. Seguramente se preguntan, qué razones tengo para odiar a un tocadiscos. No, no odio al tocadiscos. Odio al vecino de al lado. Y el tocadiscos es parte importante de ese sentimiento.
Todas las madrugadas —concretamente a las cinco con cuarenta y cinco minutos— pasa algo que hace que me revuelque de exasperación y me ponga a pensar cómo es que el mugre vecino es capaz de hacerlo. Me exaspera que todas las mañanas a la misma hora, suene la misma tonadita que me tiene en las nubes.
Porque todas las mañanas el vecino pone en el tocadiscos el mismo disco… y yo despierto.
18:46 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 2 Comments
Un diez casi cerrado
Título: Un diez casi cerrado.
Los maestros sirven para dos cosas, esencialmente: para arruinarte las notas y para intentar enseñar a un grupo de bárbaros. No es mucho, la verdad. Además, los maestros son expertos en enojarse. Siempre gritan patalean pero no controlan; les contaré un secreto: no saben cómo controlar a un grupo de adolescentes que se muere por estrangularlos lentamente. Total, los maestros son un engorro (aunque también los hay buenos, pero son pocos, a decir verdad) y la mayoría de los alumnos no quiere saber nada de ellos. Por algo será, ¿no? La verdad es que sí.
Les contaré una historia: era el día hermoso en el que entregaban las calificaciones del primer bimestre. Yo, segura de mí misma, me alzaba en mi asiento cómos si me acabaran de nombrar la reina de Inglaterra, pero no. Algo tenía que salir mal.
Siempre algo sale mal. Estaba el director, entregando el papelito diabólico conocido como boleta (y además odiado por el 99% de la población escolar) y yo allí, segurísima del primer puesto con mi diez cerradito. Por algo había trabajado como mula todos los santos días para no faltar con ninguna tarea y había estudiado hasta sacarme cayos. Y todo por sacar un diez. Yo estaba completamente segura de que debía tener diez en todo. No había fallado con nada y no había razón para que un maestro me arruinara mis notas con un nueve.
—Nájera, Sandra —llamó el director y yo con una sonrisota pintada de oreja a oreja en mi cara fui a recoger mi boleta en la que debía haber las mejores calificaciones.
No me equivocaba en mi puesto, en el papelito ese se leía claramente: «Lugar entre veintinueve alumnos: 1» Casi me pongo a dar saltos de alegría cuando ví ese lugar, pero no. Algo tenía que estar mal de todas formas. Siempre algo tiene que están mal para la pobre de Sandra que se empolla los libros intentado grabarse todo apenas tres horas antes del examen. ¡Algo tiene que estar mal!
Empecé a leer mis calificaciones tan perfectas. Un diez… otro diez… y entonces… donde se leía matemáticas… ¡Maldito profesor! ¡Le entregué todo y ni siquiera por eso merezco la calificación máxima! Allí estaba pintado unnueve; mi peor pesadilla durante todo el bimestre era realidad.
El maestro de matemáticas —que era el que estaba dando clase en el momento es que entró el director a entregar la boleta— quiso saber de mis calificaciones. Yo sonreí muy falsamente y le preste el papelucho ese donde un nueve estaba escrito en su materia. Leyó mis notas atentamente y, cuando me la devolvió, comento:
—Que pena —empezó, jovial y sonriendo—, te arruine tu diez cerrado.
¡Y lo dice así, tal jovial! ¡Que hipócrita! ¡Me arruino las notas de todo el año, mi arruino mi sueño y no le importa! Él sólo cree que me arruino el diez cerrado de un bimestre, no las calificaciones anuales. Tan vez por eso, quiera extrangular lentamente a los maestros. Son tan malvados…
Para que me entiendan: las calificaciones se dividen por bimestres en la secundaria, y la calificación final es un promedio de todo lo del año. Obviamente si sacas un nueve a lo máximo que aspiras es al 9.9, no al 10.
14:11 | Etiquetas: Original, Personas Indeseables, Tablas | 1 Comments
D'mí.
- Nea Poulain
- Soy las palabras escritas sobre el papel. La nieve y el frío en invierno. Los pasos sobre el suelo. Soy los recuerdos y las experiencias. Las palabras que pronuncio. Soy la memoria de mi vida, incansable, buscando la felicidad.
- Alice Cullen
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